La grotesca propuesta del titular del Partido Justicialista, Néstor
Kirchner, para que gobernadores provinciales e intendentes se postulen,
respectivamente, a bancas de diputado nacional y de concejal, que
finalmente no asumirán, constituye una burla al electorado que debería
ser condenada por la ciudadanía.
Invitar a los electores a votar por alguien que no asumirá el cargo
para el cual se postula es, sencillamente, una falta de respeto al
votante y una muestra más del habitual menosprecio de la clase política
por nuestras instituciones.
Resulta francamente absurdo que, con el fin de "plebiscitar" la
gestión del gobierno nacional o la de los gobiernos provinciales, los
mandatarios de los distritos tengan que encabezar una lista para cargos
legislativos que ni siquiera están dispuestos a asumir. Más ridículo
aún suena que esos gobernadores e intendentes tengan que distraerse
durante casi tres meses en una campaña proselitista para un puesto que
tienen resuelto no ocupar.
No menos insólito resulta escuchar a un intendente de un partido
bonaerense anunciar que será candidato a concejal de su distrito con el
fin de defender el proyecto del gobierno nacional. Hasta ahora, podía y
debía suponerse que las cuestiones que se debaten en una elección de
ediles eran típicamente locales. En adelante, alguien pretende hacerle
creer equivocadamente al electorado que en cualquier simple elección de
concejales estará en juego la política de la presidenta Cristina
Fernández de Kirchner. Es ése un reflejo del grado en que se ha
desvirtuado la concepción del federalismo y del pobre nivel de cultura
cívica de nuestra dirigencia política.
La propuesta kirchnerista es un indicador de lo poco que le importa
al oficialismo el principio de división de poderes y, también, un
síntoma de la escasa importancia que se le asigna a una reforma
política que quien hoy ocupa el Poder Ejecutivo Nacional alguna vez se
preocupó por propiciar.
Nuestra historia política reciente está tristemente llena de
ejemplos sobre esta clase de manoseos institucionales. Desde un
profesional de las dietas que asumió una banca de diputado por un día
para obtener el derecho a una jugosa jubilación de privilegio hasta
legisladores que asumieron sus bancas apoyando el programa de un
partido político para mudarse de agrupación, una vez instalados en el
Congreso. Y desde diputados y senadores nacionales que, habiendo sido
elegidos por una provincia determinada, incumplieron sus mandatos para
postularse a otro o al mismo cargo electivo por otro distrito
electoral, hasta ministros que dejaron su puesto para presentarse en
comicios legislativos y que, tras ser elegidos para la función
parlamentaria, volvieron a su cargo ejecutivo original.
Lamentablemente, estas vergonzosas maniobras no son patrimonio
exclusivo del oficialismo. Que un diputado nacional elegido hasta 2011,
como Felipe Solá, renuncie a ese mandato popular para presentarse
nuevamente como candidato al mismo cargo que hoy ocupa es, a todas
luces, insólito. Del mismo modo, pretender que la vicejefa de gobierno
de la ciudad de Buenos Aires, Gabriela Michetti, deje ese cargo para
postularse a una banca de diputada nacional, además de inoportuno e
innecesario, implica violentar un mandato popular que le ha conferido
la ciudadanía. Si, como han esgrimido dirigentes del macrismo, el
puesto de vicejefe de gobierno porteño carece de mayor relevancia, pese
a que su ocupante es nada más ni nada menos que quien reemplazará a la
máxima autoridad en caso de muerte o renuncia, el oficialismo de la
ciudad debería ser el primero en propiciar la reforma de la
Constitución local para eliminar el cargo.
La clase política argentina debería reflexionar seriamente sobre
estas situaciones, que no están haciendo más que desacreditar todavía
más a una actividad que debería estar al servicio del bien común y no
de pequeños intereses personales o de facciones.
La tan mentada calidad institucional será cada vez menos alcanzable
a este paso. Incumplir los mandatos ciudadanos, al igual que dar rienda
suelta a las mal llamadas "candidaturas testimoniales", además de
sembrar confusión y distorsionar la voluntad del electorado, dista de
ser saludable para un sistema democrático que, curiosamente, encuentra
cada vez más obstáculos en quienes deberían ser sus principales
defensores.
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