La solución no es fácil. El presidente constitucional de Honduras,
Manuel Zelaya, y el ejército de su país venían compitiendo por quién
violaba mejor la Constitución. El Parlamento y la Justicia zanjaron la
disputa y respaldaron a los militares para que tumbaran a Zelaya.
Zelaya, un sorpresivo aliado de Hugo Chávez que había asumido
prometiendo todo lo contrario, pudo haber sido destituido mediante un
juicio político. La relación de fuerzas, según se sabe ahora, era muy
desfavorable al presidente derrocado. Sólo faltaron en Honduras un
sistema político más sofisticado y una dirigencia enterada de que
vivimos en el siglo XXI. En Tegucigalpa no hubo interés por la ley ni
notificación de la modernidad.
En ese contexto, la presidenta argentina voló a Washington para
resguardar con su cuerpo, pareció decir, la democracia hondureña.
Los presidentes serios de América latina dejaron la administración
del conflicto en manos de las instituciones internacionales. Michelle
Bachelet retiró el embajador chileno en Tegucigalpa y confió en la OEA.
Lula le proporcionó al inteligente y eficaz secretario general de la
OEA, José Miguel Insulza, un imprescindible avión para que pudiera
desplazarse entre Washington y el Caribe. El mexicano Felipe Calderón,
el colombiano Alvaro Uribe y el uruguayo Tabaré Vázquez manifestaron su
claro rechazo al método que se usó para deponer a Zelaya, pero
confiaron en Insulza y en sus consejos, que privilegiaban la gestión
diplomática ante posiciones irreconciliables.
Cristina Kirchner es quizás, entre todo ellos, la que gobierna entre
mayores dificultades. Acaba de perder en su país unas elecciones
cruciales que marcarán fatalmente la segunda mitad de su mandato. Ella
y su esposo fueron derrotados en seis de los siete principales
distritos argentinos, que congregan al 75 por ciento del electorado
nacional. Según la afirmación escasamente rigurosa del nuevo ministro
de Salud, Juan Manzur, la Argentina se habría convertido en el país más
afectado en el mundo por la gripe A. Pero todos los países tienen casos
probables que son infinitamente mayores que los casos comprobados.
Quizá Manzur haya recurrido a su arte de mago de las estadísticas
que ya aplicó en Tucumán con la mortalidad infantil. Si los casos de
gripe A son aquí 100.000, entonces el porcentaje de muertos argentinos
es muy bajo. Tal vez. Nadie sabe nada, porque lo que ya está probado es
que la Argentina carece de sistema sanitario, de estrategia y de
estadísticas fiables.
Informes de economistas privados aseguran que el PBI argentino se
derrumbó alrededor del 7 por ciento en los últimos cuatro trimestres y
que la caída promedio de la actividad económica de 2009 sería de más
del 5 por ciento. Esos pronósticos no tuvieron en cuenta las
consecuencias económicas de la gripe A, que son devastadoras por sí
mismas. Gobernadores y legisladores peronistas y opositores no
peronistas le están pidiendo a Cristina Kirchner, desde la madrugada
del lunes último, que modifique significativamente su gabinete y que
cambie las políticas que impulsó hasta ahora.
Como en Colombia
Pero la Presidenta se fue a Washington y ahora anda por El
Salvador. Zelaya no pudo entrar en Honduras y todo indica que el
operativo de Cristina se parecerá demasiado al de su marido, cuando
éste se internó con Chávez en la selva de Colombia para liberar a un
niño que no estaba secuestrado. Los únicos compañeros de hazaña de la
presidenta argentina (el ecuatoriano Rafael Correa y el paraguayo
Fernando Lugo) expresan también una ideología determinada, mezcla de
populismo y de autoritarismo, una ensalada de viejos estatismos y de
nuevos dogmatismos.
¿Dónde está la Presidenta? ¿Dónde está su gobierno? Los argentinos
terminarán por hacerse esas preguntas si Cristina Kirchner sigue
corriendo hacia donde no la necesitan. Nada es más demostrativo de la
influencia de las ideologías en el matrimonio presidencial que las
fotos de anteayer: Cristina se peleaba con el gobierno de facto de
Honduras desde Washington, y su esposo se empalagaba aquí entre los
halagos de los intelectuales paraoficialistas de Carta Abierta. Un país
aguardaba vanamente, mientras tanto, que los dos remontaran la derrota,
que dejaran las ideas de lado y se dedicaran a las cosas.
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