¿Cómo fue? ¿Cuándo fue? ¿Qué pasó? ¿Qué no le pasó? Si siempre fue así de chiquito, una pulguita, y ahora parece un gigante. Ya es enorme...
Los ojos de Caá Catí ya no lo ven como lo vieran. No importa que el muchachín aún no se despegue del piso, que nunca vaya a pegar un estirón digno de llamarse así, que conserve sus costumbres y resalte sus raíces; de repente el Keko Villalva se convirtió en una gloria de esa ciudad correntina que lo vio nacer hace apenas 17 años. La última joya de Núñez viene de uno de esos años que te sacuden las rodillas y se lo hicieron saber en el lugar donde más lo conocen. Donde más lo quieren. Donde ya es un ídolo. Habrá sido por eso que recién cuando volvió a sus pagos para pasar las vacaciones el pibe sintió que algo en su vida había cambiado, quizá algo tan fácil de percibir como que sus 158 centímetros ya no lo ayudaban a pasar inadvertido. "Fue increíble, un reconocimiento que jamás olvidaré. Llegué al pueblo y había una camioneta de los bomberos esperándome. Había un montón de gente y enseguida me di cuenta de que hasta hinchas de Boca me habían organizado una caravana", recuerda ahora Daniel Alberto, alguien que lleva en el ADN los colores que hoy defiende. Sin ir más lejos, se llama así debido a un homenaje de su padre al actual presidente de River.
Esas más de 1.000 personas que recibieron al Keko en su Caá Catí (algo así como un 20% de la población de dicha ciudad), simpatizaran por tal o cual equipo, son las mismas que no mucho tiempo atrás ya lo veían como a alguien que se destacaba sobre el resto. "Siempre fue un crack, diferente desde la forma que tenía de pararse en la cancha", coinciden los que lo vieron jugar en el primer club de sus amores, el Cambá Porá, que en guaraní significa Negro Lindo.
Fue en aquel entonces que Villalva aprendió a convivir con su diminuto físico, a soportar la notable diferencia que significaba jugar contra tipos que lo doblaban en edad, peso y estatura. "Nunca arruga", sacan pecho sus amigos de Corrientes y por la misma corriente va Astrada. "Es guapo, se banca las patadas a pesar de su estatura", avisa el técnico que lo apuntala en Benavídez, en el complejo BA Football, donde el Keko está realizando su tercera pretemporada con Primera. "Esta es diferente para mí porque la arranco con otras expectativas. Tengo ganas de jugar y de afianzarme, aunque eso lo dirá el tiempo. Yo me siento bien y con muchas ganas de empezar con todo el año", cuenta el niño mimado de Ortega, nada menos que su ídolo, y el niño buscado por varias potencias europeas. "Es lindo escuchar que grandes equipos te tienen en carpeta, pero yo no sé nada. Es algo que no me preocupa porque, la verdad, me siento muy cómodo en River y por ahora sólo pienso en conseguir algo importante acá", explica con la misma despreocupación que muestra al hablar de su demorado primer contrato (ver Falta una...).
Esta vez, en su visita al pueblo, el Keko se cuidó especialmente de las tacuaras, una planta que en su infancia le provocó un profundo corte que lo mandó seis meses a kinesiología. Tenía nueve años y por ese entonces lo deslumbraban los micros de dos pisos. "Ojalá algún día pueda viajar en uno de ésos", soñaba en voz alta. Algún día lo estará esperando. |