| En un sorpresivo giro que provocó una fuerte caída en los mercados,
el presidente Barack Obama elevó ayer al máximo la presión sobre el
atribulado sector automotor de Estados Unidos, al forzar la salida del
presidente de General Motors (GM), empujar a Chrysler a una fusión con
la italiana Fiat y amenazar con declarar en quiebra a ambas empresas si
no presentan un nuevo plan de reestructuración viable en el corto
plazo.
"No podemos, no debemos y no dejaremos que nuestra industria
automotriz desaparezca. Ese sector es, más que ningún otro, un emblema
del espíritu y del éxito estadounidense", prometió el presidente Barack
Obama, al presentar en la Casa Blanca su nuevo plan de rescate del
sector.
"Sin embargo -advirtió el mandatario-, GM y Chrysler [que ya
recibieron US$ 17.400 millones del gobierno] no pueden seguir
dependiendo de un flujo interminable de dólares de los contribuyentes.
Esta industria debe ponerse de pie por sí sola, y no bajo la tutela del
Estado."
Las duras declaraciones de Obama provocaron un inmediato derrumbe en
Wall Street (ver aparte) un día después de que el gobierno rechazara
los planes de reestructuración presentados el 17 de febrero por ambas
empresas, por considerarlos "inviables" en el estado actual de la
economía norteamericana.
Para ayudar a las automotrices a sobrevivir, "será necesario un
esfuerzo sin precedente de todas las partes. Aun así, hay empleos que
no podrán ser salvados y plantas que no reabrirán. Las empresas deberán
tomar decisiones difíciles", sostuvo Obama, tras recordar que el sector
recortó 400.000 empleos en el último año.
Tras estas advertencias, el presidente confirmó que exigió la
renuncia del presidente de GM, Rick Wagoner, como condición para
continuar ayudando a la empresa. Además, otorgó a la compañía un plazo
de 60 días para reformular su plan de reestructuración.
En cuanto a Chrysler, el gobierno se comprometió a financiar sus
operaciones durante los próximos 30 días mientras termina de cerrar una
alianza con el fabricante italiano Fiat.
Apenas dos horas después de que el gobierno estadounidense dijera
que esa fusión era la única salida para Chrysler, la empresa anunció
haber llegado a un acuerdo general con Fiat. Según informó el director
ejecutivo de Chrysler, Bob Nardelli, la alianza ayudará al fabricante
estadounidense "a cuidar empleos y construir autos más eficientes en el
uso del combustible". Sin embargo -aclaró luego-, "aún no se ha llegado
a un acuerdo definitivo".
Tras haber recibido en diciembre US$ 13.400 millones del gobierno,
GM pidió otros US$ 16.000 millones en préstamos para evitar la quiebra,
mientras que Chrysler estaba pidiendo US$ 5000 millones tras haber
tomado US$ 4000 millones a fines de 2008.
En caso de que fracasen los nuevos planes, Obama -que no precisó el
monto que destinará el gobierno en las próximas semanas para el
financiamiento de ambas firmas- no descartó la posibilidad de una
bancarrota controlada. "La declaración de quiebra es el método más
rápido para la reestructuración", advirtió.
El ultimátum de Obama a las automotrices despertó críticas y
aplausos por igual. El líder de la mayoría demócrata en el Senado,
Harry Reid, elogió la "firmeza" del gobierno de Obama en las
negociaciones con GM y Chrysler, pero reconoció que "reestructurar el
sector traerá decisiones difíciles para la administración y las
compañías en cuestión".
La presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, en
tanto, dijo que el objetivo de Obama es lograr una industria automotriz
"viable y competitiva", y reiteró el "compromiso del Congreso para
trabajar" en la renovación del sector.
Otras voces, en cambio, expresaron su preocupación por el intervencionismo del presidente. Así, el diario Free Press
, de Detroit, criticó en su editorial la decisión de forzar la retirada
de Wagoner y advirtió de que el gobierno no debería gestionar las
empresas de automóviles. Sin embargo, Obama dijo ayer que la decisión
"es un reconocimiento de que se necesita una nueva visión y una nueva
dirección para crear la GM del futuro".
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