Falta de trajes antiflama, vehículos de rescate obsoletos y una bochornosa organización de un simulacro de catástrofe aérea, dejan al descubierto lo improvisado y lo escandaloso que resultó el ejercicio rutinario, que le costó la vida al cabo primero de la Policía correntina Daniel Armando Ojeda (30), como producto de la irresponsabilidad de sus propios superiores y que como si fuera poco demostró que en caso de un desastre aeronáutico, los posibles sobrevivientes tendrán muy poca o ninguna posibilidad de ser rescatados con vida.
Todo estaba planificado de tal manera que los jefes del Cuartel III de Bomberos de la Policía provincial debían demostrar, a los organismos que controlan la operatividad de los cuerpos de rescatistas activos dentro de los aeropuertos argentinos, que funciona correctamente.
Pero todo salió mal y las fallas inmediatamente quedaron al descubierto.
Según un relato minucioso al que tuvo acceso “época”, por parte de una fuente oficial de identidad reservada, aquel simulacro ya tenía una primera y gravísima falla.
Sólo una de las cuatro unidades de rescate, fundamentales para una situación de catástrofe aérea, funcionaba medianamente bien. Casualmente, sería luego de la cual caería el cabo de la Policía provincial.
El Cuartel III de Bomberos del Aeropuerto cuenta con un cuerpo activo de aproximadamente 40 hombres, divididos en tres turnos de 12 efectivos cada uno, más algunos administrativos, en las instalaciones ubicada cerca de la cabecera Norte del Aeropuerto “Fernando Piragine Niveyro”.
Sólo tienen cuatro trajes antiflama en condiciones para su personal rotativo, que la tarde del simulacro llevaban quienes lograron entrar en actividad, entre ellos el cabo primero Ojeda y luego se los pasarían al resto de los camaradas que debían llegar en otras unidades.
El incidente
paso a paso
Alrededor de las 13:30 sonó la alarma de alerta. Siniestro declarado y arrancó el simulacro. El camión Ford Cargo AV 20 -1722 y la camioneta Ford 4.000 (en la que viajaba el cabo Ojeda) eran los únicos vehículos operativos, el primero de ellos tuvo fallas en su arranque y largó minutos después del segundo.
“Tanto el “J1” (primer jefe), como el “J2” (segundo jefe), se encontraban junto al resto de la tropa cuando escuchamos que el oficial que estaba sobre uno de los camiones ordenó a los cuatro bomberos, uno de ellos también oficial, a subirse a los techos de los vehículos, aún a sabiendas de que eso es irregular, porque los muchachos no tenían de dónde prenderse”, explicó un testigo directo de la tragedia.
Pese a ello se ordenó la largada del operativo. La Ford 4.000 salió a toda velocidad y tomó una ruta equivocada. En vez de girar en la pista menor de carreteo, fue hasta la pista mayor y el chofer realizó un giro brusco, chocando uno de los faroles de señalización, incrustado en el piso. El golpe contra la luminaria hizo desestabilizar al cabo Ojeda, quien salió automáticamente despedido desde el techo del vehículo, sin que la unidad se detenga, pese a que su compañero pedía a gritos auxilio por la caída del camarada.
A unos 150 metros, 40 efectivos y supervisores observaron el incidente y muchos de ellos tomaron sus motocicletas y se dirigieron velozmente hacia el lugar del accidente. El bombero yacía inconsciente en el piso y con un visible golpe en la cabeza. En segundos una ambulancia que pertenece al mismo cuartel llegó hasta el lugar, levantó al herido y lo trasladó hacia el Hospital Escuela.
Ojeda murió el domingo al mediodía. Dejó una viuda y una hija de tan sólo 9 meses de vida, sin su padre para disfrutar.
Pero además desató la polémica de las condiciones en las que trabajan los valiosos hombres de la fuerza.
Ordenaron un extraño pacto de silencio
Como era de esperarse, el proyecto de simulacro se dio por finalizado, minutos después de que Ojeda fue llevado hasta el hospital.
Afuera aguardaban varias ambulancias, de empresas privadas y de la Dirección de Emergencias Sanitarias (107), citadas para el ejercicio y también medios de Prensa, que fueron retirados raudamente del lugar sin mayores explicaciones.
Mientras tanto y después del traslado del bombero herido, dentro de las instalaciones del Cuartel III, más precisamente en el sector de cocina, tanto “J1”, como “J2”, recluyeron a los 40 efectivos dependientes de ese cuerpo y les ordenaron callar lo sucedido y tener una versión unificada para la superioridad y para la Prensa, en caso de que los medios comiencen a indagar sobre lo sucedido, aunque algunos de los efectivos se negaron a ser cómplices de semejante incompetencia.
No era para menos, un camarada suyo había sufrido una gravísima lesión y su vida estaba en juego, luego de varias desinteligencias de sus superiores, quienes desde un primer momento debieron prever que la prueba semejante se realizara con todas las precauciones del caso.
Ahora quedan muchos interrogantes abiertos que alguien deberá contestar, al menos a la familia de Ojeda. ¿Sabiendo las falencias en los vehículos y medidas de seguridad, quién ordenó seguir adelante con el ejercicio?, ¿Cómo es posible que un oficial ordene a sus subalternos subir al techo de una autobomba, sabiendo que lo expuso a perder la vida?, como finalmente sucedió. ¿Cómo un jefe puede siquiera plantear silencio total y unificación de versión para la Prensa, cuando debería aconsejar que todos declaren lo que vieron y en detalles?. Planteos que debería hacerse, desde la cabeza de la Policía hacia abajo, para evitar otra muerte absurda dentro de la fuerza. |